DESDE MI ATALAYA – un cuento de Karen M. Paramio (con vídeo subtitulado)

DESDE MI ATALAYA – un cuento de Karen M. Paramio (https://karensmultikulti.wordpress.com/)

Primera parte

Farid Ibn Hamed Al Yumanlí espoleó de nuevo su corcel, alejándose más y más de sus compañeros por aquella vereda polvorienta que transcurría paralela a la hilera de montes. Todavía sentía arder es su interior las palabras de su padre y no lograba calmarse.

¿Por qué le trataba de aquel modo y le avergonzaba delante de amigos y parientes? A su edad, su hermano Fatih ya había participado en dos escaramuzas, mientras él se le exigía estudiar y le era negada todo posibilidad de lucha. No olvidaba que Fatih, Alá lo tenga en su gloria, había caído más tarde en una emboscada y perecido a manos de unos cristianos sin honra, pero aún así…

Cegado por sus celos y su rabia continuó galopando un tiempo antes de darse cuenta por fin de la inutilidad de su carrera. Entonces tiró de las riendas en seco y comenzó a acariciar y besar su precioso alazán, dándole las gracias por haberlo traído hasta allí.

Prestó por fin atención al paisaje que quedaba dividido por la vereda, probablemente una cañada para el pastoreo. A su derecha se alzaban un par de cimas bajas que en ese momento impedían la visión de la sierra. Allí los robledales alternaban con zonas de matorral bajo y salpicado de rocas musgosas. A su izquierda el matorral daba paso a una extensión interminable de pasto reseco. El contraste con los frescos pinares donde habían acampado las dos noches anteriores no podía ser mayor.

Farid descabalgó lentamente, susurró de nuevo unas palabras amables al oído de su corcel y sin tener muy claro el motivo, inició el ascenso hacia el pico más elevado de la zona. «Será una buena atalaya», pensó, intentando justificarse.

Mientras subía, el recuerdo de su hermano y de su padre se fue difuminando, su espíritu rebelde se calmó y, paso tras paso, nuevos pensamientos acudieron a distraer su joven mente. Unos buitres sobrevolaban la zona y el sol, que se estaba alzando desde detrás de su atalaya, le molestaba en los ojos. Eso le hizo recordar las historias que le contaba su abuelo sobre su infancia en el desierto, las caravanas de camellos y los oasis de palmeras cargadas de dátiles. La sensación de haberse transportado mágicamente a la lejana tierra de sus ancestros se incrementó al darse la vuelta para buscar el punto en el que había quedado su caballo y observar a sus pies el océano dorado que se extendía hasta el horizonte.

Estuvo un tiempo absorto observando el paisaje, hasta que de nuevo le vino a la mente la prohibición de participar en el combate, pero esta vez ya no sintió la rabia de antes. Comprendió que su padre intentaba protegerlo, como no había podido hacer con su hermano, aunque él consideraba que esa no era la manera correcta. Farid suspiró con pena mientras negaba con la cabeza: tendría que hablar de nuevo con su progenitor, esta vez con más calma y exponiendo sus argumentos con paciencia.

El muchacho retomó el ascenso, sorteando rocas y arbustos. Un momento más tarde descubrió unos rosales silvestres con frutos y arrancó tres o cuatros bayas, les quitó con cuidado los pelillos y las semillas, y se las echó a la boca. El sabor agridulce le agradó bastante, así que cogió otras cuantas bayas y se sentó a comerlas sobre una roca cuya forma le recordaba el lomo de un corcel descomunal. Allá a lo lejos, en la dirección por la que había venido, había una montaña azulada que tenía siete u ocho picos, y más al oeste otra cuyo perfil le recordó de nuevo a su hermano Fatih, esta vez tendido, sin vida.

Segunda parte

Verena Rottenbauer buscó con la mirada los ojos de su novio para tratar de implorar misericordia otra vez, pero no los encontró. Luis Miguel seguía charlando animadamente con su amigo Juanjo y gesticulaba de esa manera que al principio de conocerle le había gustado tanto y que ahora ya le aburría en su monótona repetición.

Desde hacía seis días se estaba preguntando qué sentido tenía seguir al lado de este chico español que le mostraba a los demás como si tratara de un trofeo, pero sin esforzarse lo más mínimo por entenderla. Y no lo decía por el idioma, ya que ella hablaba un castellano excelente, sino porque su novio no parecía escucharla, ni respetaba sus opiniones. Como ahora. Luismi sabía perfectamente que ella sólo tenía sandalias, ningún zapato con perfil para caminar por el monte. Ella era chica de ciudad, en Hamburgo no le hacía falta ese calzado para nada, y si alguna vez paseaba por los páramos de la Heide, eran distancias cortas cerca del coche. En los meses que llevaba en Madrid, tratando de evitar la avalancha de refugiados que llegaba a su país, tampoco había necesitado caminar largos trayectos. Y precisamente este maldito fin de semana segoviano Luismi, en lugar de enseñarle el acueducto y los otros monumentos, se empeñaba en que subiera a ese dichoso monte con los demás.

En el trayecto entre el pueblo donde habían aparcado y el pinar aún había podido aguantar el ritmo del grupo, pero ahora que se acercaban a la Cañada Real, tenía claro que los tres muchachos iban demasiado rápido para ella. Se volvió a mirar a las otras chicas en busca de apoyo, pero ellas llevaban buenos zapatos de senderismo y debían hacer trayectos semejantes con frecuencia. Mala suerte.

Para colmo de males el sol se había levantado precisamente por detrás de la antena del repetidor de televisión y pegaba con fuerza, así que acabaría roja como sus compatriotas de las playas mayorquinas.

– Vais muy rápido para mí -anunció por segunda vez. De nuevo, ni Luismi ni Juanjo se dieron por aludidos y, desde luego, ninguno refrenó el paso.

Durante los siguientes minutos Verena permaneció en silencio, controlando su respiración: una inspiración rápida «ah» y una espiración larga y profunda «u-u-u»; «ah», «u-u-u»; otra vez: «ah», «u-u-u». Carlos y su novia la adelantaron. También la otra chica, que llevaba unos prismáticos y seguía el vuelo de los pájaros, acabó por pasarla.

Verena paró y alzó la cabeza hacia la cumbre. El sol le hizo guiñar los ojos.

– ¡Necesito parar un momento y beber! -gritó hacia arriba, sin saber si Luismi la oiría, porque el viento se llevaba el sonido colina abajo.

Bebió un par de tragos de la botellita de plástico que llevaba en el bolso. El agua estaba templada y Verena se imaginó con repugnancia que ya estaba tragando toxinas desprendidas del envase. La chica de los prismáticos, Marisa, Mariela o Mariana, estaba parada unos metros por encima de ella, mirando unos buitres. Verena se puso de nuevo en marcha, resoplando, pero cuando llegó a su altura, la otra ya había empezado a moverse también.

«Esto no tiene sentido», pensó. «Yo no debería estar aquí. Tendría que haber cortado con Luismi hace ya dos o tres semanas…»

Los demás seguían ascendiendo sin esperarla, así que decidió abandonar.

– ¡Yo os espero aquí! -gritó esta vez y agitó los brazos. Después se dio la vuelta despacio, girando hacia su derecha.

Allí estaban Siete Picos y la Mujer Muerta, no muy diferentes de como se los habían enseñado desde el pueblo. A sus pies se extendía la llanura castellana, seca y monótona, salvo por el pueblo y otro par de puntos verdosos. Y allá lejos se divisaban los pináculos de la catedral de Segovia.

Por fortuna no había cerca ninguna de esas terribles vacas con cuernos que tanto la habían sorprendido el día anterior. Hasta entonces ella había pensado que sólo los toros tenían cuernos.

Verena rodeó unos arbustos, uno de ellos podría ser incluso un escaramujo como los de su tierra. Tras esquivar unos cardos, sacó de nuevo la botella de agua y después se sentó en una roca cuya forma recordaba un poco el lomo de un hipopótamo.

Tercera parte

Farid estaba aún sentado en la roca cuando sintió un movimiento a su derecha. Se volvió, esperando encontrar algún animalillo entre los arbustos: un lagarto, un ratón o un conejo. Pero lo que descubrió, le heló la sangre en las venas. Se trataba sin duda de un djinn, un ser mágico y probablemente peligroso, con cabellos pálidos y unos ojos color cielo que le miraban fijamente. Estaba sentado a su lado en la roca y sostenía en la mano un extraño recipiente transparente que no era de cristal.

Verena dio un respingo. No había visto ni oído acercarse a ese chico de ojos almendrados que vestía como si saliera de un cuento de las 1001 noches. El pobre debía estar sediento, no dejaba de mirar la botella de agua. Verena, instintivamente, extendió la mano para ofrecérsela, pero, aún aturdida por la repentina aparición, le preguntó en alemán si deseaba un trago.

Farid, al escuchar aquel idioma gutural en el que el djinn le instaba a tragar el brebaje mágico de su recipiente, dio tres pasos para alejarse de la roca, aunque sin arriesgarse a darle la espalda. El aspecto físico del ser le había hecho dudar de su peligrosidad, pues lo encontraba hermoso y seductor, pero aquellos sonidos y sus intenciones estaban claros. No iba a dejar que lo hechizara.

Verena sonrió, pidió perdón en español y repitió su ofrecimiento, pero el muchacho estaba claramente asustado. Con un ojo puesto en ella y otro en el terreno, se fue alejando paso a paso mientras recitaba algo que podía ser una oración árabe. Verena bajó la mano de la botella, levantó la otra como para despedirse, y se sintió triste sin tener claro por qué. Miró un instante a su izquierda, hacia la cima, por si divisaba a Luismi y a su grupo, y al mirar de nuevo al frente, el curioso muchacho ya no estaba allí.

Farid, completamente trastornado por su visión, siguió descendiendo hacia su caballo. El djinn había sonreído de un modo tan bello, para después ponerse triste y desaparecer. Al principio había creído que gracias a haberse encomendado inmediatamente a Alá y haber retrocedio, se había librado de caer en sus redes mágicas. Pero cuanto más lo pensaba, más creía que el ser le había pedido su ayuda para escapar de un encantamiento que lo encadenaba a aquella roca. De pronto la necesidad de aliviar el sufrimiento del djinn le pareció más importante que su participación en el combate. ¿Debía contarle lo ocurrido a su padre o al mulá? Quizás era mejor callar y guardar el secreto, conservar para siempre el recuerdo agridulce, como las bayas del rosal.

Verena echó a andar hacia el pueblo, sin esperar el regreso de sus compañeros, decidida a separarse de Luismi, con quien no tenía nada en común. No dejaba de preguntarse qué podía haber dicho o hecho para tranquilizar a aquel chico asustado, cuyo rostro se mezclaba ahora en su recuerdo con los otros que aparecían a diario en las noticias alemanas sobre Oriente Próximo. El dramático chillido de un águila la sobresaltó y le provocó cargo de conciencia. De pronto la necesidad de aliviar el sufrimiento de los refugiados sirios que llegaban a Hamburgo le parecía más importante que su situación personal. Debía regresar a casa lo antes posible y ponerse manos a la obra.

Farid alcanzó el punto en que había dejado su corcel, lo saludó con palabras amables y unas palmadas antes de montarlo para reunirse con su progenitor y el resto de comitiva. Mientras cabalgaba, el dominante chillido de un águila majestuosa, que se elevaba por encima del nivel de los buitres, le convenció definitivamente de aceptar la propuesta de su padre y dedicarse a la diplomacia, en lugar de al combate. Debía aplicarse más en sus estudios de idiomas. Así, quizás, con suerte, si algún día volvía a toparse con el enigmático djinn, podría comprender sus palabras y ayudarlo a libelarse de su encantamiento.

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