EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES, un relato de JEAN GIONO (1ª parte, con vídeo subtitulado)

En este vídeo os traigo la lectura de la primera parte del relato «El hombre que plantaba árboles» del escritor francés Jean Giono.

Considero que plantar árboles es unos de los mayores actos de amor que una persona puede realizar durante su vida, pues los resultados de esa acción los disfrutarán las futuras generaciones. Pienso que la situación actual en la que se encuentra el planeta, tenemos que plantar millones de árboles para combatir el cambio climático, entre otras medidas. Os invito a este acto de generosidad y amor, y os garantizo una gran satisfacción personal.

Pincha en la imagen para visionar mi vídeo leyendo este relato.

EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES, un relato de JEAN GIONO

(La traducción del texto es obra de: Francisco Figueroa / Fundación As Salgueiras.)

Para que en el carácter de un ser humano se desvelen cualidades verdaderamente excepcionales hace falta tener la buena fortuna de poder observar sus actos durante muchos años. Si esos actos están despojados de todo egoísmo, si la idea que los guía es de una generosidad sin parangón, si hay certidumbre absoluta de que no han buscado recompensa alguna y de que además ha dejado marcas visibles en el mundo, entonces se está, sin riesgo de error, ante un carácter inolvidable.

Hace unos cuarenta años hice una larga travesía a pie, por montes absolutamente desconocidos por los turistas, en esa antigua región de los Alpes que penetra en La Provenza.

Esa región está delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte por el curso superior del Drôme, desde su nacimiento hasta Die, al oeste por las planicies del Condado de Venaissin y las estribaciones del Monte Ventoso. Comprende toda la parte norte del Departamento de Alpes de Alta Provenza, el sur del de Drôme y un pequeño enclave del de Vaucluse.

Eran páramos desnudos y monótonos, en el tiempo en que emprendí el largo recorrido por esos despoblados, de 1 200 a 1 300 m de altitud. Allí no crecía más que la lavanda silvestre.

Atravesaba esa comarca por su parte más ancha y, tras tres días de camino, me encontré en medio de una desolación sin igual. Acampé junto a los restos de una aldea abandonada. No me quedaba agua desde la víspera y necesitaba encontrar más. Aquellas casas aglomeradas, aunque en ruinas, como un viejo nido de avispas, me hicieron pensar que tiempo ha, allí hubo de haber una fuente o un pozo. De hecho había una fuente, pero seca. Las cinco o seis casas sin tejado, roídas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con el campanario desplomado, estaban dispuestas como lo están las casas y las capillas en las aldeas vivas, pero toda vida había desaparecido.

Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero en esas tierras sin abrigo y elevadas hacia el cielo, el viento soplaba con una violencia insoportable. Sus rugidos sobre los cadáveres de las casas eran como los de una fiera salvaje interrumpida durante su comida.

Tuve que levantar mi campamento. A cinco horas de marcha, aún no había encontrado agua y nada podía darme la esperanza de encontrarla. Por todas partes había la misma aridez, las mismas matas leñosas. Me pareció vislumbrar a lo lejos una pequeña silueta negra, de pie. La tomé por el tronco de un árbol solitario. Por casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de ovejas reposaban tumbadas sobre la tierra ardiente cerca suyo.

Me dio de beber de su cantimplora y, un poco más tarde, me condujo hasta su aprisco en una ondulación de la meseta. Obtenía el agua —excelente—de un pozo natural, muy profundo, sobre el que había instalado un torno rudimentario.

Este hombre hablaba poco. Es la costumbre de los solitarios, pero se notaba que estaba seguro de sí mismo y confiado en esa seguridad. Esto resultaba insólito en aquel lugar despojado de todo. No vivía en una cabaña sino en una verdadera casa de piedra en la que se veía muy bien cómo con su propio trabajo había restaurado las ruinas que allí encontró al llegar. El techo era sólido y estanco. El viento que lo golpeaba producía en las tejas un ruido como el del mar en las playas.

Su casa estaba en orden, su vajilla lavada, el suelo barrido, su escopeta engrasada; su sopa hervía en el fuego. Entonces me di cuenta de que también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban cosidos sólidamente y su ropa remendada con el cuidado minucioso que deja invisibles los remiendos.

Compartió su sopa conmigo y cuando después le ofrecí mi petaca de tabaco me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era amistoso pero sin zalamerías.

De inmediato se había dado por supuesto que pasaría la noche ahí; el pueblo más cercano todavía se encontraba a más de día y medio de camino. Y, además, yo ya conocía perfectamente el carácter de los raros pueblos de esa región. Hay cuatro o cinco dispersos en las laderas de esos montes, alejados unos de otros, entre bosquetes de robles albares al final de caminos carreteros. Están habitados por leñadores que hacen carbón con la madera. Son lugares donde se vive mal. Las familias se apretujan unos contra otros en ese clima de una rudeza excesiva, tanto en verano como en invierno, incomunicados exasperan su egoísmo. La ambición irracional alcanza cotas desmedidas en su deseo de huir de aquel lugar.

Los hombres llevaban su carbón al pueblo en camiones y después regresaban. Las cualidades más sólidas se quiebran bajo esta alternancia perpetua de situaciones extremas. Las mujeres cocinaban rencores a fuego lento. Había rivalidad por todo, desde la venta del carbón hasta el banco en la iglesia; virtudes que luchan entre ellas, vicios que luchan entre si y por la incesante lucha general de vicios y virtudes. Por encima de todo, el viento, igualmente incesante, irrita los nervios. Había epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, casi siempre asesina.

El pastor, que no fumaba, fue a buscar un saquito y lo vació sobre la mesa, formando un montón de bellotas. Se puso a examinarlas una tras otra, con mucha atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Me dijo que eso era asunto suyo. En efecto: viendo el cuidado que ponía a su trabajo, no insistí más. Ésa fue toda nuestra conversación. Cuando el montón de bellotas en buen estado fue lo bastante grande, las contó en grupos de diez. De este modo iba eliminando aún las pequeñas o las que estaban ligeramente agrietadas al examinarlas con más detenimiento. Cuando tuvo ante si cien bellotas perfectas, paró y nos fuimos a dormir.

La compañía de este hombre daba paz. Al día siguiente le pedí permiso para descansar todo el día en su casa. Lo encontró perfectamente natural, o, más exactamente, me daba la impresión de que nada podía molestarlo. Este descanso no me era necesario en absoluto, pero estaba intrigado y quería saber más. Hizo salir su rebaño y lo llevó a pastar. Antes de salir, sumergió en un cubo de agua el saquito donde había puesto las bellotas que había elegido y contado cuidadosamente.

Me di cuenta de que a guisa de cayado llevaba una barra de hierro tan gruesa como un pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Hice como el que camina relajadamente y seguí una ruta paralela a la suya. El pasto de sus animales estaba en el fondo de una hondonada. Dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia el lugar donde me encontraba. Tuve miedo de que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero no fue así en absoluto: era su camino, y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Iba a doscientos metros de allí, hasta un alto.

Llegado al lugar que él quería, comenzó a hincar su barra de hierro en la tierra. Hacía así un agujero en el que ponía una bellota, luego volvía a tapar el agujero. Plantaba robles. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me respondió que no. ¿Sabía de quién era? No sabía. Suponía que era un terreno comunal, ¿o quizás fuera propiedad de personas a quienes no les preocupaba? A él le daba igual no conocer los propietarios. Plantó así cien bellotas con sumo cuidado.

Después de la comida volvió a seleccionar sus semillas. Creo que fui bastante insistente en mis preguntas porque las respondió. Hacía tres años que venía plantando árboles en esas soledades. Ya había plantado cien mil. De aquellos cien mil habían germinado veinte mil. De esos veinte mil contaba con que todavía se perderían la mitad, a causa de los roedores o de todo aquello que es imposible de prever en los designios de la Providencia. Quedaban diez mil robles que iban a crecer en este lugar donde antes no había nada.

Fue entonces cuando me interesé en la edad de ese hombre. A simple vista tenía más de cincuenta años. Cincuenta y cinco, me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Había sido propietario de una granja en el llano, donde vivió. Había perdido a su único hijo y después a su mujer. Se retiró a la soledad donde asumió el placer de vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro. Juzgó que esa comarca se estaba muriendo por falta de árboles. Añadió que, no teniendo ocupaciones muy importantes, había resuelto poner remedio a ese estado de cosas.

Llevando yo mismo en ese momento, a pesar de mi juventud, una vida solitaria, sabía cómo aproximarme con delicadeza a las almas solitarias. A pesar de ello, cometí un error. Mi juventud, precisamente, me inclinaba a imaginar el porvenir en función de mí mismo y de una cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años estos diez mil robles estarían magníficos. Me respondió muy sencillamente, que si Dios le conservaba la vida, en treinta años habría plantado tantos otros que esos diez mil serían tan sólo como una gota de agua en el mar.

Ya estaba estudiando, además, la reproducción de las hayas y cerca de su casa había montado un vivero con hayucos. Los ejemplares que había protegido de sus ovejas con un cercado espinoso crecían hermosos. También estaba pensando plantar abedules en los fondos del valle, donde me dijo que había una cierta humedad remanente varios metros bajo la superficie.

Nos separamos al día siguiente.

(¡NO OS PERDÁIS LA SEGUNDA PARTE!)

Jean Giono (Wikipedia)

Fuente: https://tiempodeactuar.es/wp-content/uploads/sites/235/ElHombreQuePlantabaArboles.pdf

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