DE COLORES, un relato de Karen M. Paramio (con vídeo subtitulado)

DE COLORES, un relato de Karen M. Paramio (https://karensmultikulti.wordpress.com/)

Ring, ring… suena mi móvil, con ese mágico soniquete de los teléfonos de hace cien años, y la pantalla me desvela el nombre de la persona que perturba mi descanso dominical: Carolina.

– ¡Buenos días, hermana! -contesto. – ¿Qué te cuentas?

– ¿Has leído ya el suplemento de El País?

– No, aún no, ¿hay algo interesante?

– Sí, sale Juan -responde ella.

– ¿Juan? ¿Qué Juan?

– El que pintaba a las personas de colores, ¿te acuerdas?

Y aunque han pasado casi veinte años, recuerdo.

Fue el primer verano que mis padres decidieron alquilar la casa chica de Sotosalbos. Unos años después la vendieron a una cadena de casas rurales, que la promociona desde entonces con el nombre de La posada del Arcipreste. Pero aquel primer verano sólo era la casa vacía del abuelo, y el tío Manuel propuso a un amigo suyo de Bilbao y a su hijo, Juan, que pasaran allí unas semanas en el verano.

Carolina y yo andábamos por el pueblo con la pandilla cuando ellos llegaron, así que el primer encuentro fue durante el almuerzo, ya que pasaban a nuestra casa a tomar las comidas (no sé si por su amistad con nuestro tío, o porque realmente no sabían cocinar). Recuerdo que el padre hablaba y hablaba, contaba chistes y anécdotas, y en cambio el hijo, un chico alto y flaco, ni feo ni guapo, apenas decía una palabra y su mirada estaba un poco ausente.

Después de la hora oficial de la siesta, que nosotras pasábamos viendo la tele, Carolina y yo nos disponíamos a desaparecer de nuevo, cuando nuestra madre nos dijo:

– Pasad por casa del abuelo y decidle al chico nuevo que salga con vosotras, para que conozca a la pandilla. Tocamos a la puerta, pero nadie nos abrió, así que seguimos camino. Más tarde vimos al padre, en el bar. Ya había hecho amigos y estaba jugando al tute con ellos. Carolina le preguntó por Juan.

– Andará por ahí con sus colores, como siempre. Se pasa la vida pintando. Yo no entiendo mucho de eso, pero como hasta ahora ha sacado buenas notas, me parece bien. En octubre empieza a estudiar Bellas Artes, aunque ya me ha dicho que quiere hacer un curso en el extranjero… ¡Las cuarenta, eh! Esto es la suerte del recién llegado.
Durante la cena intentamos averiguar más sobre el tema, pero Juan contestaba sin interés y era difícil tener una conversación con él.

– Tu padre nos ha dicho que pintas -empezó mi hermana.

– Sí.

– ¡Oh, qué interesante! -apuntó nuestra madre. – ¿Qué técnicas usas: óleo, acuarela, carboncillo?

– Lápices de colores y acuarela.

– ¿Pintas paisajes? -preguntó nuestro padre. – Seguro que aquí encuentras muchos motivos: la iglesia románica, la sierra, las ruinas del monasterio…

Hubo una pausa.

– No. Retratos.

– ¡Ah, retratos!

– Y escenas de la vida cotidiana -añadió su padre. – Tiene unos cuantos dibujos de gente esperando el autobús, o en la consulta del médico, cosas así. Son muy curiosos.

– Si quieres, te sirvo de modelo -dijo Carolina.

Pero su padre ya estaba otra vez de cháchara, y él bajo los ojos al plato y no respondió nada.

Al día siguiente nuestra madre volvió a insistir en que pasáramos a recoger a Juan, pero de nuevo nos encontramos la puerta cerrada y ninguna respuesta. Después le vimos paseando con su padre, y más tarde lo encontramos sentado en un lateral de la plaza. Carolina se acercó a saludarle:

– Hemos pasado a buscarte, pero no estabas.

Él sólo se encogió de hombros.

– ¿Quieres venir con nosotras y conocer a la pandilla?

– No, hoy no.

– Bueno, pues nos avisas cuando te apetezca. Ya sabes dónde vivimos.

Los días siguientes transcurrieron con la misma rutina: por la mañana los inquilinos salían de paseo para que mi madre pasara a limpiar un poco; en algún momento se separaban, el padre se iba a tomar un café, el aperitivo, o lo que fuera, y el hijo vagabundeaba o se sentaba solitario en algún rincón. Por las tardes el padre jugaba a las cartas y Juan desaparecía.

A mi hermana se le notaba claramente que Juan le interesaba. Cuando le veíamos por el pueblo siempre le seguía con la mirada y durante las comidas le sonreía mucho, a pesar de que él no le hacía el mínimo caso. Nunca conseguíamos intercambiar más de dos frases con él.

Por fin, una noche al acostarnos, Carolina me dijo:

– Juan es raro, ¿no?

– Hmmm.

Ciertamente era el primer chico que parecía resistirse a sus encantos.

– Es que no me cuadra. Ha dicho que hace retratos, pero cuando está paseando, tampoco lleva papeles ni pinturas. Además no quiere conocer a la pandilla y no le hemos visto hablar con la gente mayor. ¿A quién usa entonces como modelo?

– ¡Ajá, ese es el punto! Tú quieres que te retrate.

Una tarde estábamos con la pandilla en el río. Bueno, lo que allí llamamos el río. Algunos, entre ellos yo, nos habíamos metido descalzos en el agua cuando una de las chicas señaló con la cabeza un punto a mis espaldas.

– Ahí está vuestro inquilino.

Me volví ligeramente para mirar por encima de mi hombro, y allí estaba Juan, sentado en el suelo junto a unos arbustos. Por algún motivo tuve la sensación de que me miraba a mí en particular y ya estaba levantando la mano para hacerle un gesto cuando Carolina gritó:

– Anda, Juan, acércate, que el agua está muy rica.

Juan negó con la cabeza, se levantó y se alejó.

– Carolina, chica, lo has espantado -comentó alguien.

– Tiene miedo de que me lo coma -respondió ella, haciendo unos gestos sensuales.

Otro par de días más tarde mi hermana volvió a sacar el tema Juan. Estaba decidida a ver los retratos y tenía un plan.

– Cuando su padre salga para ir a jugar al tute, nos metemos en la casa.

– ¿No vas a esperar a que salga él también?

– No, porque si no, no conseguiré nunca que me pinte.

Pasamos la hora de la siesta adormecidas por el calor, sentadas cerca de la casa chica, para asegurarnos de que Juan no se nos escapara. Por fin salió su padre.

– Hola, ¿está Juan en casa? -le interceptó mi hermana.

– Sí, claro, está pintando. Ya sabéis, lo de todas las tardes. Pasad un rato, yo me voy a echar unas partiditas. ¡Ah, este aire segoviano, qué bien me sienta!

Lamamos a la puerta, pero Carolina no esperó respuesta y abrió. Inmediatamente Juan apareció en lo alto de la escalera, aún tenía un pincel en la mano. Mi hermana empezó a subir, muy decidida.

– Hola, ¿nos vas a enseñar por fin algunos de tus dibujos?

– Si insistes.

Juan se dio la vuelta y entró en el antiguo dormitorio de los abuelos. Nosotras le seguimos, claro. Allí había dibujos y material de pintura desparramados por mesa, suelo y cama. La alegre variedad de colores le daba un aire nuevo al cuarto. Juan abrió una carpeta verde de cartón y sacó dos dibujos a lápiz: el primero representaba a una mujer que se estaba peinando. El segundo era un hombre mayor con un azadón al hombro.

– ¡Éste del azadón es Fermín! -exclamé.

– Puede ser -respondió él con una sonrisa. – No le pregunté su nombre.

– Pero, ¿por qué está amoratado como si le hubieran dado una paliza? ¡Y la mujer parece que tuviera ictericia! -se quejó Carolina.

– A mí me parecen unos dibujos muy bonitos -me apresuré a decir yo.

Juan me miró con interés.

– Así es como yo veo a las personas.

– ¿Enfermos? -preguntó mi hermana, desconcertada.

– No, mujer, ¡de colores! -exclamé yo, y me gané una nueva sonrisa del artista.

– Eso es, de colores. -Y entonces pareció encontrarle el gusto a la conversación y continuó voluntariamente. – Cada persona tiene un aura de color diferente, es más, incluso con matices distintos, y así puedo saber cuáles son los rasgos principales de su carácter. Imagínate: mi profesora de filosofía de este año tenía un aura color arena. Era la persona más aburrida que he conocido en mi vida.

– ¿En serio? -inquirió Carolina. – ¿Y qué carácter tiene entonces Fermín, según tú?

– Me ha recordado a la lombarda que mi abuela siempre sirve en Nochebuena, por eso el color: parece un repollo cualquiera, pero sorprende con un toque dulce y yo la asoció a la ilusión de la Navidad.

– ¡Genial! -exclamé yo. – Yo opino lo mismo, Fermín es un Papá Noel sin barba.

– ¿Y cómo hiciste para que te posara como modelo? -insistió mi hermana.

– No me hizo falta. Me basta ver a las personas unos minutos, después ya puedo dibujarlos.

– ¡Los pintas de memoria! Impresionante. Ojalá pudiera yo hacer algo así.

Juan parecía alagado por mis comentarios. Recogió los dos dibujos y sacó dos acuarelas: un niño anaranjado en primer plano y otro verdoso que jugaba con una pelota.

– ¿Y de qué color me ves a mí? -volvió a la carga Carolina.

Juan se puso serio. Recogió los dibujos y cerró la carpeta.

Mi hermana le miraba fijamente, pero él no le devolvió la mirada y respondió en un susurro:

– Bermellón.

– ¡Ja! ¡Lo sabía! El rojo es el color de la pasión y el amor, ¿verdad?

Juan siguió haciendo como que recogía sus cosas. Probablemente pensaba, como yo, que el rojo es el color del peligro.

– ¿De qué color es tu padre? -pregunté, para tratar de suavizar la situación.

– Tostado como un pan recién horneado, o como un rostro curtido al sol -me respondió inmediatamente, mirándome a los ojos. – Él es el centro de todo, la fuente de la vida, aunque hay que protegerse un poco para no quemarse.

– ¿Y nuestra madre? -seguí.

– ¡Oh! Vuestra madre tiene un aura color albaricoque: suave, dulce, cálida… -y sonrió de un modo triste.

– ¿Y de que color es mi hermana? -preguntó Carolina con retintín, tal vez ofendida, o celosa de su interés por mí.

Juan se sonrojó ligeramente y se miró una mancha oscura que tenía en un dedo, pero respondió:

– Es un caso extraño. Veo varios colores a la vez, cambian… no puedo decir nada concreto.

– Vaya, eso puede ser porque todavía es una cría. Cuando crezca seguro que se vuelve verde rana, o marrón…

Yo iba a protestar, pero Juan se me adelantó.

– No lo creo. Los niños pequeños y los bebés tienen ya un aura de un color bastante definido, aunque a veces cambie un poco de tono a matiz.

– Así que mi hermana es un bicho raro con un aura mutante. ¡Vaya chorradas te inventas, tío, tú estás mal de la chota!

Carolina salió de la habitación y empezó a bajar las escaleras, y, como Juan no dejaba de mirarse los dedos, yo la seguí. No me costó mucho devolverle el buen humor, porque, ¿qué muchacha de diecisiete años con un aura roja no se siente halagada cuando se la compara con una diosa del amor?

Por supuesto ella pretendía sacar el tema de los colores durante la cena, pero Juan no vino. Estaba ocupado con un proyecto y su padre le llevó algo de fruta.

Después todavía nos hicimos las encontradizas un par de veces, pero mi hermana se cansó pronto de perseguirle, porque su desinterés por ella era obvio.

– Me tiene miedo -decía. – Soy demasiado mujer para él.

Una tarde yo estaba recogiendo la ropa tendida de la cuerda cuando Juan apareció de repente.

– Te he dibujado -me dijo. – No ha sido fácil, por los colores cambiantes, ya sabes, pero estoy satisfecho con el resultado. ¿Quieres verlo?

Asentí con la cabeza y seguí en silencio sus movimientos mientras él abría su carpeta verde. Sonreía, y los ojos le brillaban de un modo especial.

– Aquí tienes.

Me entregó la acuarela: se veía una muchacha desnuda, de espaldas, pero que se vuelve ligeramente para mirar por encima de su hombro. El cabello era negro con toques violáceos, la frente azul, el rostro verde, el cuello y los hombros eran amarillos, el pecho izquierdo y la espalda anaranjados, las nalgas rojas, los muslos rosas, las pantorrillas asalmonadas y los pies plateados estaban sumergidos en un río. En el lateral derecho estaba mi nombre, cada letra en un color, casi como un arco iris.

Era una pintura muy hermosa, pero a mis apenas quince años yo no entendía de arte… ni de amor.

– ¿Quién te da derecho a imaginarme desnuda? -escopeté, en un arrebato más propio de mi hermana. – Eres un depravado -añadí, y le entregué su dibujo. Él lo guardó de nuevo en su carpeta y me dejó ir sin una palabra.

Juan y su padre se marcharon al día siguiente. Al parecer el padre había hecho una llamada de control a su empresa y, para su disgusto, le habían pedido que regresara cuanto antes a Bilbao. No sé si era cierto.

– Lo que más siento -nos dijo, – es no estar aquí para la romería de Malangosto. A ver si la cosa no es tan grave y todavía podemos volver unos días.

Juan no dijo gran cosa aquella última mañana y se comportó como siempre, con su mirada un poco perdida.

Y por supuesto, no volvieron nunca más.

Al verano siguiente mis padres les alquilaron la casa a unas viejitas amigas de la tía-abuela Amparo.

– ¡Vaya, se ha echo famoso! -respondo mientras paso las páginas rápidamente.

– Por lo menos está en ello. ¿Lo tienes?

– Estoy en ello -canturreo.

Y entonces llego al reportaje: Cuatro talentos españoles que despuntan en Nueva York. En la página de la izquierda hay una muchacha con unas esculturas y en la página de la derecha está Juan. El mismo Juan. No tiene canas, ni lleva bigote, ni está gordo, ni tiene aspecto de artista drogado, sólo esa mirada un poco ausente. Es el mismo Juan de entonces.

A su izquierda se ve un óleo grande con unas mujeres que bailan desnudas en corro, con los brazos en alto, sujetando unos pañuelos entre cada dos de ellas. Como era de esperar, las mujeres son de colores diferentes, pero Juan ha perfeccionado su técnica y cada una parece tener ademas una textura que hace pensar hasta en el posible aroma: una recuerda a una sandía con sus pepitas, otra parece hecha de granos de café, la tercera es dorada como una manzana jugosa, la cuarta está hecha de olas en un mar turquesa y la última asemeja la madera rojiza de un cerezo, a juzgar por las frutas que cuelgan de su cabellera enramada.

A la derecha de Juan se ven dos óleos más. El pequeño es un retrato de un hombre mayor, con un hermoso color tostado y una textura de pan crujiente. Está claro que se trata de su padre. La otra pintura muestra a una mujer joven, desnuda, de espaldas, pero que se vuelve ligeramente para mirar por encima del hombro izquierdo. El cabello parece hecho de seda negra, la frente es azul celeste con nubecitas, el rostro verde hierba moteado de flores silvestres, el cuello y los hombros son amarillo limón, el pecho y la espalda naranja papaya, las nalgas son amapolas, los muslos rosas rosas, las pantorrillas se transforman en cola de sirena color salmón y los pies fluyen pesados como mercurio para dar lugar a las aguas plateadas de un arroyo. Debajo hay un cartel que pone Not for sale.

– Deberíamos haberle preguntado de qué color se veía él mismo al mirarse al espejo -murmuro al teléfono, sin pensar realmente lo que estoy diciendo, mientras me encamino al estudio y busco mi carpeta verde.

– Yo se lo pregunté -me responde Carolina. -En realidad le pregunté si se había hecho algún autorretrato, y me contestó que él era un modelo muy aburrido porque el blanco no es un color. ¡Ya ves, así de puro e inmaculado se imaginaba!

– Pues yo creo que se equivocó. No era blanco sino glauco pálido.

– ¿Glauco?

– Sí, bueno, no sé. El color que tiene la pulpa de una chirimoya madura: dulce, aunque con muchas pepitas que hay que apartar para poder disfrutar la fruta.

Carolina suelta una carcajada estruendosa mientras yo abro mi carpeta y observo la acuarela que mi madre me entregó tras hacer la limpieza final de la casa chica: la frente azul, el rostro verde, el cuello amarillo, el pecho y la espalda anaranjados…

¡Ay, hermanita! Deberías haberle pedido que te dibujara. A ti te habría hecho caso.

No sé si debo contárselo, porque sigue siendo presumida y se va a enfadar.

10 comentarios en “DE COLORES, un relato de Karen M. Paramio (con vídeo subtitulado)

  1. karenmparamio

    Rafa, Rafa, Rafa. ¡Qué bonito te ha quedado! Hasta se me han saltado unas lagrimitas. Muchas gracias por hacer este vídeo y por las fotos que has puesto en el texto. Un abrazo y un par de besos 😘 y una pequeña corrección 😀 el apellido Paramio no tiene acento y se entona en la a 😝

    Responder
      1. karenmparamio

        Oye, deberíamos avisar a tus seguidores de que mi retrato es del año 2018 y que el año pasado, por el «efecto corona’ decidí dejarme el pelo gris, aunque el proceso todavía no está terminado.

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